Empezamos un año nuevo en el instituto, yo a primero de bachillerato y tú a cuarto de ESO. Estábamos juntos en los recreos con más amigos, pero la idea de estar juntos fue nuestra, no fue por casualidad. En cada recreo íbamos a las escaleras que hay al lado del instituto y ahí estábamos los veinte minutos hasta que tocaba el timbre. Me encantaba estar allí, sobretodo porque no podía quitar la sonrisa cada vez que lo veía aparecer por ahí.
Cuando yo estaba en clase no podía parar de pensar en él, mi mirada y mi sonrisa tonta me delataban, se notaba que estaba enamorada. En mí es muy fácil saber si me gusta alguien o no, pero esto era diferente. Era la primera vez que estaba enamorada, pero no me importaba ocultarlo, sin embargo no le dije nada a nadie.
Sol, calor, finales de septiembre, disfrutábamos de los pocos días que quedaban antes de empezar a estudiar como es debido. Una día él quería quedar conmigo, los dos solos, un sábado por la tarde, esta era una magnífica oportunidad para poder decirle todo lo que sentía.
Llegó el sábado después de haberlo esperado con muchas ganas. Habíamos quedado a las cinco, yo tendría que ir a su casa porque me está de camino, pero antes me había llamado y me dijo que no podía, que tenía que ser a las cuatro y en la plaza. Yo tenía que andar más, pero por el camino iba pensando las palabras adecuadas para dar el paso.
Llegué a las cuatro menos cinco a la plaza, él no había llegado, me puse nerviosa repasando palabra a palabra, hasta que miré a mi derecha y le vine venir, no estaba solo, sino con la mejor compañía, estaba acompañado por sus hermanos. Se acercó a mí y me dijo un hola con una sonrisa en la cara, le respondí con un qué tal, de mientras sus hermanos se quedaron mirándonos y me saludaron, era algo que no me esperaba, me bloqueé completamente y eché mi mejor sonrisa.
Decidimos irnos a dar una vuelta, me temblaban las manos y las piernas. Siempre que me pongo nerviosa tartamudeo, me cuesta hablar y en ese momento tenía la mente en blanco.
Vueltas y más vuelvas, no parábamos de caminar en círculos hablando de temas aburridos porque a ninguno de los dos se nos ocurría nada interesante. Pensé en decirle lo que sentía por él, pero tenía el presentimiento de que algo iba a fallar, me acobardé, me eché para atrás y me decepcioné conmigo misma.
Ante ese momento querido y a la vez incómodo, llamé a una amiga para hacer la situación un poco más apacible. De mientras la esperábamos volvimos a la plaza y nos sentamos en un banco. Mirábamos para todos lados, pero era imposible que mantuviéramos la mirada en nosotros.
Vimos a mi amiga a lo lejos, nos levantamos y fuimos a dar otra vuelta más. Para cambiar un poco, fuimos a pasear a la playa, todo eran risas, sonrisas, miradas... Las cosas habías cambiado con la presencia de otra persona, de repente volví a pensar en lo que le quería decir y me arrepentí de no haberlo hecho cuando tuve una primera oportunidad.
Empezó a llover, corrimos para no mojarnos, pero fue imposible, parecía que acabáramos de salir de la ducha. Él y yo a la par, estábamos mojados y nos reíamos de nosotros mismos, no podía dejar de mirar esa sonrisa y poner mis oídos para escuchar su risa.
Ese día está marcado en mi vida. Fue importante para mí aunque no hubiera pasado nada interesante, pero solo con estar con él, merece la pena. No importa si llueve o truene, ese día le disfruté como me lo merecía.
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